Ceferino Namuncurá: la Beatificación
   

El 11 de noviembre de 2007, tras la aprobación del milagro de Valeria Herrera, una joven cordobesa de 33 años que hacía nueve años se había curado de cáncer de útero, se celebró en Chimpay la Beatificación de Ceferino Namuncurá.

Participaron más de 100.000 personas entre peregrinos, autoridades provinciales, nacionales, artistas reconocidos y el Secretario de Estado de la Santa Sede, Tarcisio Bertone, que presidió la ceremonia. En el Vaticano, el Papa Benedicto XVI envió un saludo a los participantes y destacó que Ceferino "con su vida ilumina nuestro camino hacia la santidad, invitándonos a amar a nuestros hermanos con el amor con que Dios nos ama (...) Damos gracias al Señor por el testimonio extraordinario de este joven estudiante de diecinueve años que, animado por su devoción a la Eucaristía y por su amor a Cristo, deseaba ser salesiano y sacerdote para mostrar el camino hacia el cielo a sus hermanos mapuches".

 

Para saber más:

  • Testimonio de Valeria Herrera sobre el milagro que recibió por intercesión de Ceferino. AQUI
  • Carta de Los obispos de la Región Patagonia-Comahue por los 100 años y el camino de beatificación de Ceferino a todos los a todos los hombres y mujeres de nuestra Patria Argentina (julio de 2007) AQUI
  • Declaración del Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, Mons. Alejandro Goic, en ESPAÑOL y en MAPUDUNGUN
  • En el sitio Visitavallemedio puede verse una excelente cobertura fotográfica de la ceremonia en Chimpay AQUI

 

 

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Testimonio de Valeria Herrera

“Mi diagnóstico era un carcinoma que significa un cáncer de útero muy invasivo que a los días de haber hecho una cirugía donde se extrajo todo el material para analizar a los dos ó tres días ya había hecho metástasis con ocho tumores que se palpaban perfectamente, necropsia de tejido, osea, presencia de tejido muerto y el diagnóstico era ese.

Necesitaba urgente comenzar con una quimioterapia. Esto fue un día viernes.

Me piden que por favor me presente al día siguiente en un hospital público para empezar la quimioterapia y esa misma noche es cuando yo encuentro la revista editada por La voz del Interior y presentaba una lista de todos los posibles santos argentinos. Entre todas las columnas donde estaban las fotos con el rostro de cada uno de esos posibles santos encontré esa misma imagen que tenía mi abuela de Ceferino Namuncurá.

A partir de ese momento me identifiqué directamente como si fuésemos amigos de siempre porque leí que había deseado ser sacerdote para misionar entre los suyos, leí su padecimiento, su agonía, su dolor físico y todo eso, realmente, me hizo sentir como amiga.

Y el artículo se resumía diciendo que para ser santo se necesitaba un milagro y le pedí que ese milagro lo hiciera conmigo porque realmente necesitaba de un milagro, que él sabía que yo había misionado en comunidades tobas, wichis y yo quería seguir haciéndolo.

El sábado siguiente me tenía que presentar en el hospital Rawson para que los médicos que me iban a seguir en el tratamiento me conociesen y me revisaran. Lo hice y me pidieron que vaya el lunes a primera hora para quimioterapia, que vaya y que no se me ocurra quedarme en mi casa.

Le pedí a mi esposo que me llevara a casa, quería tratar de hacer la vida lo más normal posible. Fuimos al río, después fuimos a misa y recibí la unción de los enfermos por parte del párroco y el lunes a primera hora volvimos al hospital.

Me hacen la ficha de ingreso, me dan un carnet y la médica, antes de que me vaya al pabellón me pide una nueva revisación y ahí es cuando se constata que no se palpaba ningún tumor y que no había necropsia de tejido, sino que estaba todo sano.

Me piden un nuevo dosaje de hormona porque no entendían absolutamente nada y mi nivel de hormona había bajado a la mitad en relación al nivel que tenía el viernes.

Me dijeron que me quede en Córdoba y todos los días me sacaban sangre y me hacían juntar orina para ver el dosaje hormonal, para ver si seguía bajando y el médico que me había derivado me decía “no sé que has hecho, la clínica es una revolución porque directamente nos dijeron que no pueden decir que pasó, solamente que es una involución espontánea”, realmente no tenían palabras para decir que había pasado científicamente.

Me dijeron que esto iba a ser público y así sucedió, después de cuatro años más o menos, un religioso de la Congregación Menesiana un día llegó a casa y me pregunta si yo había tenía una curación milagrosa. Yo le contesté que si y cuando le dije que mi oración había sido a Ceferino Namuncurá se desinfló porque el había pensado que yo había invocado al fundador de ellos que es Juan María de la Mennais.

Me preguntó si tenía la documentación médica y le dije que tenía todo el legajo. Me pidió fotocopias de todo porque al otro día viajaba a Roma, llevó toda la documentación a Roma a la casa de los salesianos y creo que lo recibió el Padre Daniel Cóvolo y él se contacta con el Padre Dante Simón y lo nombra vicepostulador porque estudia este caso.

Este es un camino que no tiene marcha atrás, ahora hay que caminar, venga subida o bajada hay que seguirlo.

El miedo mío es que esto sea como una bengala, sale disparada, todos miramos las luces, que lindo!, se apagó la bengala y ya está, entonces que no sea eso, que sea el comienzo de un camino nuevo porque si la causa ha salido ahora es porque la sociedad necesita un modelo como la vida de Ceferino ahora, no hace 100 años. Ahora. Ahora se necesita la sencillez, se necesita la obediencia, se necesita el respeto, se necesita el silencio, se necesita el atender al otro en lo pequeño.

 

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Carta de Los obispos de la Región Patagonia-Comahue por los 100 años y el camino de beatificación de Ceferino a todos los a todos los hombres y mujeres de nuestra Patria Argentina (julio de 2007)

Con inmenso júbilo hemos recibido el anuncio que el Papa Benedicto XVI aprobó el dictamen de la Congregación de la Causa de los Santos declarando la aceptación del milagro obtenido por la intercesión del Venerable CEFERINO NAMUNCURÁ, dejando así abierto el camino para su Beatificación. La solemne celebración de la Beatificación se llevará a cabo en la localidad de Chimpay (Río Negro - Patagonia Argentina), cuna de Ceferino, el próximo domingo 11 de noviembre, a las 11,00 horas, en la Misa presidida por el Legado del Papa Benedicto XVI, acompañado por numerosos Obispos, Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y por todos los que desean sumarse para festejar, desde la fe, este trascendente acontecimiento para todo el pueblo de nuestra Patria.

1. Motivo de esta carta

Con ocasión del Centenario de la muerte de Ceferino (11 de mayo del 2005) escribimos una Carta a los habitantes de la Región Patagonia-Comahue, cuyos principales conceptos queremos ahora volver a compartir, en el deseo que este acontecimiento renueve nuestro compromiso por seguir el camino de santidad que recorrió Ceferino y nos ayude a conocer más el paso de Dios por nuestra historia.

Creemos, con mucha humildad, que nos sentimos particularmente queridos por nuestro Padre Dios. En esta tierra patagónica, pobre de población y de estructuras, en una tierra que, en el decir popular, muchas veces fue llamada maldita, Dios quiso suscitar frutos de santidad. En estos pocos años de evangelización, la Iglesia ha declarado beatos a Laura Vicuña; adolescente que vivió y murió en Junín de los Andes hace poco más de cien años, a Artémides Zatti, salesiano enfermero que vivió y murió en Viedma; y ahora a Ceferino Namuncurá.

Es nuestro más ferviente deseo que esta beatificación renueve en nuestra Patria la adhesión al don de la fe cristiana, tomando en serio el Evangelio, como lo hizo Ceferino. Que, particularmente los cristianos, renovemos el compromiso por una santidad que asuma con realismo la causa de la unidad entre los argentinos, prestando atención especialmente a todos y cada uno de los pobres y excluidos, que deben ser los primeros en formar parte de la Argentina que queremos.

2. En el camino de la Evangelización

El nacimiento de la Iglesia en la Patagonia está ligada a la actividad incansable y a la abnegación de aquellos misioneros que, dejando su patria, vinieron a predicar el Evangelio y a dar vida a numerosas obras de educación, de asistencia social, de promoción humana y cristiana, sumando esfuerzos con otros cristianos y personas de buena voluntad.

Desde el inicio la acción de los misioneros buscó educar y promover. Porque sabían que el auténtico discípulo de Jesucristo se siente solidario con el hermano que sufre, trataron de aliviar sus penas; se comprometieron y lucharon para que fuera respetada la dignidad de la persona humana. En este proceso de evangelización y  promoción  surgió y floreció la santidad en la tierra patagónica. En los centros misioneros fueron creando las escuelas, los talleres, y hospitales para dar respuesta a las necesidades de la población patagónica. Se abrieron canales de riego para convertir en valle fértil las tierras asoladas por el viento. Se trazaron caminos, se construyeron iglesias. La evangelización de esta tierra patagónica es una verdadera epopeya de creación  y de crecimiento de las comunidades cristianas. Evangelización no exenta de dificultades y errores. Acción misionera que más allá de sus límites buscó aprender a caminar con los pobres y con el pueblo mapuche, como lo atestigua la historia de tantos varones y mujeres que a lo largo y ancho de nuestro vasto territorio han trabajado y entregado su vida silenciosamente.

Evangelización que quiere también hoy asumir el pedido de Juan Pablo II en su visita a nuestra tierra: “Que nadie se sienta tranquilo mientras haya en vuestra patria un hombre, una mujer, un niño, un anciano, un enfermo, ¡un hijo de Dios! cuya dignidad humana y cristiana no sea respetada y amada” (Viedma 1987).

3. La tierra y su gente

La tierra de Ceferino es la Patagonia, vasta planicie surcada por anchos y caudalosos ríos. Tierra demasiado ancha y extensa para ser considerada como un todo indiferenciado.

La Patagonia, nuestra tierra, que es la tierra de Ceferino Namuncurá, sigue siendo, también hoy, ámbito de contradicciones, donde la luz debe disipar a las tinieblas, porque el corazón del hombre no sabe muchas veces qué partido tomar.

Toda la vida de Ceferino estuvo marcada por su origen. Pertenecía a uno de los pueblos originarios de nuestra América Latina. Era miembro de los que se reconocen como “mapuches”, “gente de la tierra”, de los que tienen la tierra como madre, una madre que no se puede manipular en perjuicio de algunos de sus hijos, sino que hay que respetar y cuidar amorosamente. Este es el suelo que nutrió sus raíces y en el que se fue fraguando su fuerte personalidad.

Pero ésta es también la tierra que con avidez los “blancos” hemos dividido, vendido y queremos seguir dominando, sin escrúpulos. La tierra que está surcada por millares de kilómetros de alambrados, la tierra que está perforada para extraer la riqueza del gas y del petróleo o corre el riesgo de ser contaminada  para sacar los minerales.

De los once años y medio que vivió Ceferino en esta misma Patagonia, en la que vivimos nosotros, muchas cosas han cambiado ciertamente, pero todavía quedan muchas de sus bellezas, de su silencio, de sus vientos, de la posibilidad de vivir una relación verdadera y efectiva con la naturaleza y con las personas que viven aquí.

4. Ceferino: Mapuche y cristiano

Como hijo de esta tierra aprendió en su familia y en su ambiente a descubrir la fuerza de “Nguenechén”, Dios omnipotente y creador de todo. Participó indudablemente de las rogativas para agradecer y pedir fecundidad y buen tiempo para sus animales. Conoció así el significado profundo de cada ceremonia y sintió a Dios como alguien muy presente en cada instante de su vida cotidiana.

Ceferino nunca renegó de su origen y en los once años y medio que vivió en Chimpay pudo profundizar el universo cultural de su pueblo, con sus diversos valores humanos, su riqueza espiritual y sus ritos sagrados. Fueron los años en que se formó su capacidad reflexiva, su voluntad tenaz, su fortaleza frente a las dificultades en que vivía, su firme decisión de ser útil a su gente. Sin ninguna duda, Ceferino se identificó con su pueblo y su tribu.

Pero no es sólo la religiosidad de su pueblo lo que marca la vida de Ceferino. A los dos años su familia celebró su bautismo en la Iglesia Católica. Lo bautizó el misionero salesiano Domingo Milanesio, muy amigo de su padre Manuel Namuncurá. Es hermoso leer en las cartas de Ceferino cómo valora y recuerda esta nueva realidad. De buen grado manifestó siempre su felicidad por haber recibido el  bautismo.

En su corazón, lleno del profundo sentido de Dios propio de su gente,  la fe seguirá creciendo y madurando en la preparación a la primera comunión. El Espíritu del Señor Jesús obraba en su ungido con la cruz de Cristo. Y así Ceferino irá creciendo como discípulo misionero del Señor Jesús.

En los años que vivió en los Colegios Salesianos de Buenos Aires, Viedma y Frascati (Roma) Ceferino comprendió la Buena Noticia de la Salvación de Jesús, la hizo suya, la aceptó y maduró en su deseo de ser misionero de su gente.  Por el don del bautismo Ceferino logró unificar su corazón de mapuche y cristiano. En esta profunda experiencia de fe, comenzó a soñar con el proyecto de ser sacerdote para anunciar a su pueblo el Evangelio de Cristo, a quien amaba y  seguía. Desde allí encontró la fuerza y la sabiduría para superar no pocas dificultades en su camino. Por su bautismo Ceferino se convirtió en modelo y, como Cristo, en “signo  de contradicción” para sus hermanos y para los cristianos.

La fe de Ceferino, podemos calificarla de “fe pascual”, una fe marcada por el sufrimiento, el servicio y la esperanza. No le fue fácil a Ceferino no renegar de su origen, vivió plenamente el que se ha llamado “el sufrimiento de su raza”. Uno de sus hermanos testimonió que Ceferino “lagrimeaba al ver la misérrima condición de los suyos...” Padeció el mal trato de sus compañeros, el sentirse llamar “indio”, como si fuera el peor de los insultos. Vivió en silencio la dilatada espera para comenzar a concretar el sueño de convertirse en misionero de su gente. En su última enfermedad, particularmente, sufrió la lejanía de los suyos y de sus afectos. Murió solo en un hospital en Roma el 11 de mayo de 1905.

Es por todo esto que podemos decir que fue y es todavía un “signo de contradicción”: en una sociedad donde se proclama la supremacía de la raza blanca él afirma la igualdad de todas las razas; en una sociedad donde se aprecia el valor de la violencia y de la fuerza física, él manifiesta el valor del amor y del perdón.

5. Ceferino: Misionero

Cuando dejó Chimpay para ir a Buenos Aires su opción fue clara y programática: “Papá, me duelen los infortunios de nuestra gente, quiero hacer algo. Quiero estudiar para ser útil a mi gente”. Motivación que se irá convirtiendo en clara opción vocacional y en fuerte impulso de crecimiento y perfeccionamiento espiritual. Manifestó la grandeza de su corazón a través de su profunda sensibilidad, compasión frente al dolor y la miseria de los suyos. Esa gente que de señores de las pampas se había vuelto pobre, enferma, sin tierra ni vivienda. Ceferino sufrió en carne propia la humillación de ver a su padre ir a mendigar unas pocas leguas de tierra y, aunque era el hijo del cacique, tuvo que salir a buscar leña, para que su madre la pudiera cambiar por los “vicios” necesarios para comer. Él descubrió y manifestó su vocación en su interés, esfuerzo y buen resultado en el estudio.  

Esa fue la primera motivación que lo llevó a partir. Sin duda que el Espíritu de Dios recibido en el bautismo le abrió los ojos, y creciendo en el conocimiento de Cristo fue descubriendo en él una llamada más profunda: “ser sacerdote y misionero de su pueblo”. Un deseo que se hizo siempre más fuerte en su corazón, un proyecto de vida más amplio que lo llevó a mantenerse siempre firme en el seguimiento de Jesús. Por esto  no se cansó de pedir una y otra vez su certificado de bautismo, oró y lloró por su vocación. Este sueño le dio la fuerza y  sentido al tener que irse lejos de los suyos, estudiar otra cultura, aprender italiano y latín. Hasta los últimos momentos de su vida en el hospital, fue capaz de estar atento al otro. Y nunca dejó de ser misionero; tampoco ahora, porque desde que Jesús lo llamó a compartir su herencia en el cielo, sigue estando atento a las necesidades del pueblo.

6. El Mensaje de Ceferino

Muchos testimonios dicen que Ceferino sabía sonreír; que sonreía con sus ojos grandes, ingenuos, y limpios. Esta alegría reflejaba su alma enamorada de Dios, de la Virgen María. Respiraba gratitud en sus gestos, en sus cartas, siempre agradecía a todos. La gratitud es signo de las almas nobles, de los humildes de corazón, los amigos de Dios.

Su vida es un mensaje de santidad, vivida en el compromiso serio frente a la realidad de su gente y es manifestación de que asumió el Evangelio como proyecto de vida. Lo vivió con mucha sencillez y humildad. Su mensaje es el testimonio de quien se juega, no mira desde afuera. Es un verdadero mapuche y cristiano. La fortaleza de su raza la unió a la fuerza de la gracia bautismal. Una santidad enraizada en el Evangelio y en la realidad de su pueblo. Se entregó a Dios y nos invita a nosotros a seguir su ejemplo. Ceferino abre un camino para que nos animemos a seguir sus pasos.

Nos enseña a amar nuestra tierra, nuestra gente. Su ejemplo nos anima a ponernos en camino para ser “útiles” servidores de los hermanos, siendo así de verdad discípulos misioneros del Señor. Su vocación misionera se manifiesta en tantas expresiones de religiosidad popular que hacen que esté presente su imagen en muchos hogares, como así también se hayan levantado ermitas y monumentos a la vera de las rutas y caminos de nuestra Patria y que tantos peregrinos, año tras año, visiten Chimpay, dando su testimonio de que vuelven a  Dios movidos por el ejemplo de Ceferino.

En tiempos violentos y de crisis, como los que lamentablemente nos toca vivir hoy, su ejemplo nos enseña a ser fuertes, a tener un corazón y una mirada capaz de descubrir lo esencial, para superar tanta discriminación y violencia. Su entereza y la firmeza en sus opciones nos estimula a no dejarnos llevar por los intereses mezquinos, sino a buscar el bien de todos.

Ceferino es un joven de esta tierra que tiene mucha población juvenil. Su joven e inquieto corazón se jugó por la verdad, fue libre para realizar su ideal. Supo volar asumiendo los riesgos y las renuncias de su opción. Tiene entonces un mensaje para todo joven que busca la verdadera vida.

Celebrar este acontecimiento con motivo de su Beatificación, nos ayuda a hacer memoria, pero también nos ayuda a renovar la dimensión profética de nuestra fe. Su ideal de servicio y entrega, no exento de dificultades, nos enseña a no “achicarnos” en el seguimiento de Jesucristo. Ceferino y su mensaje nos estimulan a no callar por miedo o cobardía la buena noticia del Evangelio. Nos desafían a ser hoy signos proféticos del Reino, frente a la ambición de poder, al consumismo aplastante, a la indiferencia frente al dolor del hermano. Ser profetas que no se creen dueños de la verdad, sino sus servidores.

7. Conclusión

Queridos hombres y mujeres de nuestra Patria, es especialmente a ustedes que hemos querido presentar el testimonio de este joven aborigen, discípulo y misionero.

Es para nosotros, en este tercer milenio que hemos comenzado, un modelo para todos los que viven aquí, en esta tierra de esperanza. Modelo de amor por su familia, su pueblo y su tierra. Modelo de fe que ha cultivado y desarrollado aún en medio de dificultades y cruces.

Modelo juvenil por el proyecto de vida que fue forjando. Hoy nuestra Patria necesita jóvenes que quieran ser útiles a su pueblo, que quieran ser misioneros en su pueblo.

Ceferino gaucho y amigo de todos nos conceda la fuerza para entregar la propia vida al servicio del bien común, de la justicia y la verdad que nos hace libres. Que nos ayude, como Iglesia en la Argentina, a ser hoy discípulos y misioneros trabajando en comunión fraterna para que todos se encuentren con Dios y su Palabra, y en Él tengan Vida.

Ceferino, siguiendo a Jesús, presenta una alternativa a nuestra sociedad consumista y que excluye a muchos. En una sociedad que despreciaba a los aborígenes, que había hecho de la “Campaña del desierto” una epopeya de la civilización contra la barbarie, se presenta este joven sin poder, sin dinero, sin títulos, sin odio. Es un “indio” que ha perdido todo, pero que mantiene su cultura, sus valores, su espíritu de comunión con los demás y su férrea voluntad. Es pobre de medios materiales, pero es rico de virtudes y de actitudes que hacen de él un modelo nuevo y distinto, ejemplo para todos.

Por eso Ceferino es un llamado de atención en nuestro mundo: es un joven indígena, que nos indica el camino de una vida digna y que vale la pena vivir.

Que Ceferino, hoy y siempre misionero, nos obtenga las bendiciones más abundantes para todos y en particular para su pueblo.

Con la bendición de Dios, que nos ama y acompaña sus hermanos Obispos de la Patagonia, tierra de Santos.

Viedma, julio de 2007

Mons. Néstor H. Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro
Mons. Fernando C. Maletti, obispo de San Carlos de Bariloche
Mons. Esteban M. Laxague, obispo de Viedma
Mons. Marcelo A. Melani, obispo de Neuquén
Mons. Virginio D. Bressanelli, obispo de Comodoro Rivadavia
Mons. Juan Carlos Romanín, obispo de Río Gallegos
Mons. Alejandro Buccolini, obispo emérito de Río Gallegos
Mons. Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma
Mons. José Pedro Pozzi, obispo emérito de Alto Valle
Mons. Pedro Ronchino, obispo emérito de Comodoro Rivadavia